Advertencia: este artículo contiene spoilers importantes de la serie.
Luego del éxito de la serie de Ed Gein, Netflix tenía entre manos uno de los casos más enigmáticos de la historia criminal de Estados Unidos. Sin embargo, Monstruo: La historia de Lizzie Borden termina siendo una mala serie: exagerada, poco creíble y tan empeñada en provocar que acaba destruyendo buena parte del misterio que pretendía explorar. Para quienes esperábamos una nueva entrega de Monstruo capaz de analizar la psicología de sus personajes y la sociedad de su tiempo, el resultado es una verdadera decepción.
La cuarta entrega de la antología creada por Ryan Murphy e Ian Brennan se estrenó el 17 de septiembre de 2026 y cuenta con ocho episodios. Ella Beatty interpreta a Lizzie Borden, acompañada por Vicky Krieps como Bridget Sullivan, Charlie Hunnam como Andrew Borden, Rebecca Hall como Abby Borden, Billie Lourd como Emma Borden y Sarah Paulson como Aileen Wuornos. Sobre el papel, el reparto y el caso parecían ofrecer todos los ingredientes para una gran producción. En la pantalla, en cambio, casi todo queda sepultado bajo el exceso.
El caso real ya era suficientemente inquietante
El 4 de agosto de 1892, Andrew Borden y su segunda esposa, Abby, fueron encontrados asesinados a golpes de hacha dentro de su casa de Fall River, Massachusetts. Lizzie, hija de Andrew y de 32 años en aquel momento, fue detenida y juzgada por el doble homicidio, pero resultó absuelta en 1893. Nadie más fue acusado formalmente y la autoría de los crímenes nunca quedó establecida.
Esa incertidumbre es precisamente la razón por la que el caso continúa generando teorías más de 130 años después. Existían indicios que alimentaban las sospechas contra Lizzie, pero también graves debilidades en la investigación y en la acusación. Había conflictos familiares, tensiones económicas, testimonios discutidos y una escena del crimen que todavía permite interpretaciones diferentes.
La serie podía haber construido un thriller psicológico alrededor de esa ambigüedad. Podía hacer que el espectador dudara, cambiara de opinión y sintiera el encierro de aquella casa. En lugar de eso, decide dar respuestas rotundas a preguntas que la historia nunca pudo resolver y convierte una tragedia compleja en una fantasía sangrienta.
Una Lizzie sin misterio y unos personajes convertidos en caricaturas
Desde el comienzo, Monstruo: La historia de Lizzie Borden deja muy poco espacio para la duda. Su protagonista no es presentada como una posible sospechosa dentro de un caso lleno de zonas grises, sino como la responsable de los crímenes dentro de una historia de deseo, opresión y venganza. Esa elección podría funcionar en una obra de ficción declaradamente libre, pero resulta mucho más problemática cuando la producción utiliza nombres reales, recrea un proceso histórico y se promociona alrededor de un crimen sin resolver.
El mayor defecto no consiste simplemente en señalar a Lizzie. El problema es que la serie necesita deformar a casi todos los personajes para justificar su versión. Andrew y Abby aparecen como figuras grotescas y crueles; Bridget deja de ser una testigo fundamental para convertirse en amante y cómplice; Emma es transformada en una hermana hostil, y varias personas reales son colocadas en situaciones que nunca ocurrieron.
Los personajes rara vez parecen seres humanos condicionados por las normas, los prejuicios y las tensiones de finales del siglo XIX. Se comportan como piezas de una comedia negra deliberadamente estridente. Sus motivaciones están subrayadas una y otra vez, como si la serie desconfiara de cualquier emoción que no pudiera expresarse con gritos, sexo, fluidos corporales o golpes de hacha.
No son algunas licencias artísticas: es una historia casi nueva
Toda dramatización histórica necesita completar vacíos, condensar acontecimientos y formular hipótesis. Nadie debería exigirle a una serie que funcione como un documental. Pero existe una diferencia enorme entre interpretar lo desconocido y reemplazar los hechos por invenciones cada vez más extravagantes.
Estas son algunas de las alteraciones más importantes:
- La culpabilidad de Lizzie: la serie la presenta como asesina, aunque fue absuelta y el doble crimen permanece oficialmente sin resolver.
- El romance con Bridget Sullivan: no existe evidencia histórica que demuestre que Lizzie y la criada fueran amantes ni cómplices. La producción añade también una relación sexual entre Bridget y Andrew, además de un embarazo, sin respaldo documental.
- El retrato de Andrew y Abby: sí hubo tensiones dentro de la familia Borden, pero no hay pruebas que sostengan buena parte del catálogo de crueldades extremas que la serie utiliza para convertirlos en villanos casi monstruosos.
- El asesinato de Bertha Manchester: Bertha existió y fue asesinada con un hacha, pero el crimen ocurrió el 30 de mayo de 1893, casi diez meses después de los Borden y pocos días antes del juicio de Lizzie. No hay evidencia de que Lizzie o Bridget participaran. José Correa de Mello confesó el ataque y se declaró culpable de asesinato en segundo grado.
- Nance O’Neil: Lizzie conoció a la actriz más de una década después del juicio. Por lo tanto, O’Neil no pudo prepararla para declarar, enseñarle a comportarse ante el jurado ni ayudarla con su defensa, como muestra la serie.
- Emma Borden: no hay pruebas de que atacara a Lizzie o la acusara del doble asesinato. Por el contrario, permaneció a su lado durante el proceso. Las hermanas se distanciaron muchos años después.
- Aileen Wuornos: la asesina serial nació casi tres décadas después de la muerte de Lizzie y no existe una conexión real entre ambas. Tampoco se alojó en la casa de los Borden: Wuornos estaba encarcelada desde 1991 y la vivienda comenzó a funcionar como alojamiento en 1996.
Por separado, alguna de estas decisiones podría aceptarse como recurso dramático. Juntas, cambian la cronología, las relaciones, las motivaciones, la identidad de los responsables e incluso la naturaleza del caso. Ya no estamos ante una interpretación arriesgada de la historia de Lizzie Borden, sino ante una historia nueva que utiliza su nombre como reclamo.
Sensacionalismo, vulgaridad y una violencia que pierde impacto
La serie también confunde intensidad con acumulación. La sangre, el sexo, los vómitos, la humillación y las imágenes grotescas aparecen con tanta frecuencia que dejan de producir inquietud. En vez de aumentar la tensión, la repetición termina acercando algunas escenas a una parodia involuntaria.
El asesinato de Andrew es un buen ejemplo. La evidencia histórica sugiere un ataque rápido mientras estaba recostado en un sofá y sin señales de una larga lucha dentro de la habitación. La serie lo transforma en una extensa secuencia de persecución y resistencia física, con el hacha clavada en su cuerpo y una sucesión de golpes diseñada para llevar el espectáculo al límite. Puede ser impactante durante unos segundos, pero sacrifica credibilidad y termina pareciendo una escena de terror caricaturesco.
La comedia oscura, los anacronismos musicales y la estilización extrema no son defectos por sí mismos. El problema es que aquí parecen pertenecer a producciones distintas. Por momentos vemos un drama de época; luego, una sátira; después, una fantasía feminista de venganza, y finalmente una especie de universo compartido de asesinas famosas. La serie cambia tanto de tono que nunca construye una identidad sólida.
Aileen Wuornos: el desvío que termina de romper la historia
La aparición de Aileen Wuornos, interpretada por Sarah Paulson, resume buena parte de los problemas de esta temporada. La intención parece ser comparar la manera en que la sociedad y la Justicia juzgan a distintas mujeres violentas, separadas por su época y su clase social. Esa podría haber sido una idea interesante para un ensayo o incluso para una serie diferente.
Aquí, sin embargo, la conexión se fuerza hasta el absurdo. La visita ficticia de Wuornos a la casa de los Borden, su supuesta fascinación por Lizzie y el encuentro simbólico del desenlace no enriquecen el caso central. Lo interrumpen. Cuando la temporada debería cerrar sus preguntas sobre Lizzie, deriva hacia una fantasía que parece más interesada en llamar la atención que en completar el relato.
El resultado no es profundo ni provocador, sino desconcertante. En lugar de relacionar con sutileza la misoginia, la clase social, la violencia y la construcción mediática de una “mujer monstruosa”, el guion reúne a sus figuras como si fueran personajes de una franquicia. El true crime se convierte en un extraño espectáculo de cruces imposibles.
Un reparto desaprovechado en una producción visualmente atractiva
No todo está mal. La ambientación, el vestuario y la fotografía ofrecen imágenes poderosas, y el reparto posee talento suficiente para sostener escenas mejores. Ella Beatty se entrega por completo a una Lizzie imprevisible, mientras Rebecca Hall y Vicky Krieps consiguen algunos momentos efectivos pese a la escritura excesiva de sus personajes.
Pero una buena factura visual y un elenco prestigioso no solucionan un guion sin medida. Cuanto más intentan los intérpretes aportar matices, más los empuja la narración hacia la caricatura. Incluso Sarah Paulson, una actriz capaz de dominar personajes extremos, queda atrapada en una trama que parece llegada desde otra serie.
Una gran oportunidad desperdiciada para los seguidores de Monstruo
La historia de Lizzie Borden no necesitaba que Netflix la hiciera más escandalosa. Ya contenía un crimen brutal, una familia llena de tensiones, una investigación cuestionada, un juicio convertido en espectáculo mediático y una mujer absuelta que quedó condenada para siempre por la opinión pública. También permitía analizar el peso del género, la riqueza, la religión y la reputación en la sociedad de 1892.
Esa era la serie que muchos seguidores de Monstruo esperábamos: inquietante, ambigua y psicológicamente compleja. En su lugar recibimos una versión que grita cuando debería sugerir, explica cuando debería sembrar dudas e inventa cuando los hechos reales ya eran fascinantes.
Veredicto: mucho ruido, poca credibilidad
Monstruo: La historia de Lizzie Borden puede entretener a quienes busquen una comedia negra sangrienta y no tengan interés en la historia real. Como aproximación al caso Borden, sin embargo, es una decepción. Su exceso de licencias artísticas elimina la ambigüedad, el sensacionalismo reemplaza a la tensión y los personajes se vuelven tan extremos que cuesta creer en ellos.
No es una mala serie porque se aparte de los hechos de vez en cuando. Es una mala serie porque sus invenciones no construyen una verdad dramática más poderosa: apenas producen más ruido, más morbo y menos profundidad. Después de cuatro entregas, Monstruo parece haber confundido provocación con complejidad. Y para quienes esperábamos mucho más de esta temporada, esa es la mayor lástima.








